Los “cinco sentidos” de un buen abogado

A través de los sentidos percibimos la realidad y actuamos de una determinada manera. La vista, el olfato, el oído, el gusto y el tacto tienen una función adaptativa que nos permite sobrevivir con nuestro entorno. Son capacidades innatas que se van desarrollando o modificando a lo largo de nuestra vida, incluso podemos potenciar y entrenar algún sentido más que otro.

martillo-y-librosCarlos Pavón, socio director de IURE Abogados, indica que para ser un buen abogado deben entrenarse cada uno de nuestros sentidos en la dirección correcta. “Se debe saber desarrollar la vista, el olfato, el gusto, el oído y el tacto para responder de la manera más oportuna, dentro del entorno tan complejo en el que nos encontramos inmersos, particularmente en el mundo jurídico”. El letrado asemeja la percepción sensorial de nuestras facultades básicas, con las aptitudes imprescindibles que debe poseer un buen profesional del derecho.

Vista. En el ámbito jurídico, la vista hace referencia al alto nivel de formación y preparación requerido. Un buen abogado observa el contexto a través de unas gafas construidas sobre su formación, su conocimiento y sus experiencias profesionales previas, tanto aciertos como errores. A través de estas gafas se debe desarrollar una capacidad indispensable para todo abogado: la empatía, para poder así percibir de una forma diferente al resto el conjunto de la situación expuesta por el cliente, que facilite la comprensión de realidades y observar detalles que a los demás se les escapan. La visión de un buen abogado debe combinar una serie de conocimientos legislativos generales, unos específicos de su ámbito de actuación y un conocimiento actualizado de la tecnología. “La etapa formativa de un abogado no es algo que finalice en la Universidad, sino que exige una actualización constante. El entorno es muy dinámico y continuamente manifiesta cambios vertiginosos”.

Olfato. “La nariz humana es capaz de distinguir más de 10.000 olores diferentes y asociarlos a cosas diferentes. La legislación española está formada por más de 100.000 leyes y otras normativas, y el profesional debe saber qué ley aplicar en cada uno de los casos”. Carlos Pavón asemeja el sentido del olfato con la capacidad que debe tener un buen abogado, a la hora de aplicar en cada situación legal a la que se enfrente, la normativa más oportuna. A raíz de tener un conocimiento pleno y exhaustivo del caso que defiende, debe saber qué ley aplicar en pos de conseguir los mejores resultados para su cliente.

Oído. Para utilizar el sentido de la vista y del olfato, es decir, la formación y la capacidad de aplicarla, se precisa un entendimiento pleno del caso al que se enfrenta. Un buen abogado debe tener la capacidad de escuchar al cliente, debe escuchar con atención y oír incluso aquellos aspectos que el cliente calla. Nuevamente es indispensable tener la capacidad de ponerse en el lugar del cliente, entender su problemática, asumirla como propia y reconocer las posibles soluciones aplicables. “El profesional debe entrenar su capacidad de escucha y cuidar sus habilidades sociales, para conseguir establecer una relación de confianza con su interlocutor. Tiene que asegurarse de que se sienta cómodo, para poder lograr una situación que favorezca la conversación”, indica Pavón.

Tacto. Tener tacto es la habilidad de tratar con los demás, sin que éstos se ofendan o se sientan incómodos. El profesional jurídico debe entrenar las formas de relacionarse, debido a la gran cantidad de personas con las que trata y a la delicadeza de las situaciones a las que se enfrenta. Un buen abogado es prudente y sabe decir en cada momento lo más apropiado para el beneficio de su cliente. “El sentido del tacto en un abogado debe entrenarse en base a tres cuestiones: qué, cómo y cuándo. Antes de pronunciarse, se tiene que tener claro qué se quiere comunicar, cuál es la mejor forma de hacerlo y buscar el momento oportuno para ello”, explica Carlos Pavón. No debemos caer en la idea equivocada de que el cliente no necesita conocer los detalles de la marcha de su encargo. Muy al contrario, el cliente no sólo desea estar informado de los detalles y avances del procedimiento aplicable para dar solución a su problemática, sino que además debe conocer desde el inicio de las actuaciones cuáles serán las posibles complicaciones que el asunto objeto de su consulta puede suscitar.

“El sentido del gusto está relacionado con la satisfacción con la profesión, con el “buen sabor de boca” que se queda tras cerrar un caso exitosamente”, concluye Pavón. Un buen abogado siente pasión por su trabajo y eso le hace, a la vez, ser más competente. Le encanta leer y estar actualizado sobre las últimas novedades. Además, disfruta con cada caso que defiende y sabe aprender de los errores y adversidades que se presentan. En definitiva, se trata de percibir la satisfacción de haber contribuido a la solución y satisfacción del cliente que debe percibir en el abogado la posibilidad de resolver positivamente su problemática

Sobre estos cinco pilares se basa la profesionalidad de un buen abogado. Sea cual sea el área jurídica en la que el letrado decida especializarse, los conocimientos, las habilidades sociales (tanto al escuchar como al hablar) y la pasión son aptitudes que puede potenciar para mejorar su desempeño como abogado.